Perturbadores endocrinos: cómo evitarlos

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No sólo están en boca de todos sino, de hecho, por todas partes y, aunque no los veamos, tarde o temprano sentimos sus efectos, en nuestra piel, nuestro sistema respiratorio, nuestros niveles de energía o nuestro humor. Identificar estas substancias es, pues, la clave para poder evitarlas.

¿Qué son ?

Se trata de substancias químicas capaces de alterar el sistema hormonal humano, pudiendo contribuir a la aparición desórdenes de tipo reproductor (pubertad precoz), neurológico (enfermedad de Parkinson), metabólico (diabetes), endocrino (cáncer de tiroides), o cardio-vasculares entre otros, pues imitan o interfieren en la acción de las hormonas. A pesar de que son mucho menos eficaces que éstas últimas, su presencia masiva constituye un problema considerable para el medio ambiente y, como consecuencia, para nuestro bienestar.

¿Cuáles son las vías de contacto?

Existen tres modos por los cuales estas substancias entran en nuestro organismo, y aumentan las probabilidades de incurrir en numerosas alteraciones de la salud:

  • Por ingestión: de alimentos y bebidas de la industria convencional, cuyos ingredientes han estado expuestos a pesticidas.
  • Por inhalación: de gases tóxicos procedentes de vehículos, de pinturas, de perfumes, de ambientadores o de productos de limpieza.
  • Por contacto cutáneo: cosméticos, ropa, juguetes y objetos hechos con materiales que contienen estos perturbadores.

Por ello es conveniente tomar consciencia de su existencia, para mejor elegir nuestros alimentos y estilo de vida.

¿Dónde se encuentran?

Originados, como vemos, por la industria del hombre, los perturbadores endocrinos viajan en el agua que riega los cultivos, flotan en el aire que respiramos, y forman parte de numerosos productos de consumo cotidiano. Como consecuencia, los alimentos son los portadores por excelencia, pues podemos encontrar BHA, un conservante neurotóxico en la margarina o las sopas deshidratadas, entre muchos otros. Pero estas nocivas substancias no sólo nos son servidas en la bandeja de la cena, sino que nos acompañan también en la intimidad del cuarto de baño, como es el caso del polémico triclosán, potencialmente dañino para el hígado, que nos espera camuflado en la pasta de dientes y en otros productos cosméticos. Los objetos hechos de plástico como contenedores, juguetes o incluso biberones, son, por su parte, grandes sospechosos, pues a menudo contienen ftalatos (DEHA, DINP, DIDP) de posible incidencia en las malformaciones genitales, plomo, con un conocido efecto nocivo en el sistema nervioso, o PCB (bifenilos ploriclorados), vinculados a los trastornos del sueño.

La lista es larga y terrorífica, hay de qué inquietarse, pero, una vez hecha la toma de consciencia, es más constructivo buscar soluciones, pues las hay para, por lo menos, reducir nuestra exposición a estas malvadas partículas. No olvidemos que su fuerza está en su numerosa presencia, por lo que minimizarlas es nuestra mejor defensa.

¿Cómo evitarlos?

  • Consumir alimentos de producción biológica, que implican menos riesgos.
  • Comprar ropa de segunda mano, que ha sido lavada numerosas veces y se ha librado de una parte de estos tóxicos. Este es especialmente importante para los bebés.
  • Elegir juguetes de madera o de materiales nobles.
  • Evitar utensilios de cocina que contienen teflon y sus derivados (PTFE, PFA, ect.)
  • Utilizar cosméticos y productos de limpieza hechos con ingredientes naturales exclusivamente (¡leer las etiquetas!)
  • Conservar los alimentos en potes de cristal o cerámica, en lugar de contenedores de plástico.
  • Usar bolsas y contenedores reutilizables en materiales naturales para las compras.
  • Nunca calentar contenedores de plástico en el microondas.

Recordemos, naturófilos, que un menor consumo de productos tóxicos lleva a una menor producción, pues la demanda condiciona la oferta, y depende de nosotros el que los fabricantes reconsideren sus inversiones y se dirijan hacia opciones más sostenibles y saludables. Por el bien de todos.

Fuentes:

 

 

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