Carbón vegetal activado

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Tradicional remedio para ciertos trastornos digestivos, el carbón vegetal reaparece como ingrediente de moda en recetas cosméticas caseras, pues su capacidad de adsorción lo hace idóneo tanto a nivel interno como externo, a pesar de su achicharrado aspecto.

Resultado de la combustión de productos vegetales como la madera de abedul o la cáscara de coco, el carbón vegetal conoce su popularidad desde la antigua Grecia, pues el mismísimo Hipócrates lo recomendaba para combatir la epilepsia o la enfermedad del carbón de los curtidores. Sin embargo, no es hasta el s.XVIII que sus propiedades adsorbentes son descubiertas, y los primeros experimentos con carbón como neutralizador del opio se llevan a cabo en el s.XIX. En la primera guerra mundial aparecen las máscaras anti-gas con filtros de carbón, y en nuestros días este producto es utilizado en filtros de aire, para sanear el agua o como desintoxicante de metales pesados.

A la pregunta (sorprendente pero frecuente) de si se puede utilizar el carbón de la chimenea con fines terapéuticos, la respuesta es no, pues la producción del carbón vegetal activo implica un tratamiento específico a una temperatura precisa, donde participan también el agua y un gas oxidante. El producto de este proceso es un carbón de una gran porosidad (100 millones de poros por gramo), lo que le atribuye su característico poder adsorbante, pues es capaz de asimilar ciento setenta y ocho veces su volumen en amoniaco, por ejemplo.

En efecto, el carbón vegetal tiene la capacidad de fijar substancias extrañas, gases y agentes patógenos, de ahí su gran poder detoxificante, que lo convierte en un remedio tradicional principalmente indicado para la flatulencia pasajera (pues no sólo absorbe el gas sino también las bacterias que lo producen), pero también para la diarrea del turista, el mal aliento o la intoxicación por la ingesta de alimentos en mal estado, medicamentos o productos de limpieza.

A nivel externo, puede ser muy eficaz en forma de cataplasma sobre picaduras de insectos y animales venenosos, como sobre heridas (protegiendo la piel con una gasa) o forúnculos, siendo pues un remedio muy útil en el botiquín del viajero.

Sin embargo, como todo remedio natural, no está exento de contraindicaciones pues al ser astringente puede enfatizar un estreñimiento crónico. Del mismo modo, ni las úlceras gastro-duodenales ni las oclusiones intestinales se benefician del carbón vegetal, y su poder adsorbente puede anular los efectos de la píldora anticonceptiva, entre otros medicamentos (en este caso, debe dejarse un espacio de tres horas como  mínimo entre la ingesta de ambos productos).

Por lo demás, personalmente no aconsejo usar el carbón vegetal a largo plazo, sino como remedio de urgencia, pues puede enmascarar síntomas de un problema de salud más serio, es decir, si padecemos de flatulencia crónica, debemos investigar las causas que pueden ir desde malos hábitos alimenticios a una patología digestiva grave.

En el mercado lo encontramos comercializado en forma de polvo, gránulos, pastillas o cápsulas, a veces asociado a otros productos como el arándano, indicado en caso de diarrea por su acción astringente que se suma a la del carbón. Mi primera opción es el carbón pulverizado, pues los gránulos masticables a menudo son azucarados, las pastillas pueden llevar aglomerantes, y las cápsulas no se abren siempre en el lugar indicado. Aunque debe saberse que ensucia bastante las manos y la ropa, por lo que algunos pueden preferir otros formatos.

La posología varía según la gravedad, pudiendo ir desde dos cucharadas soperas en un vaso de agua cada ocho horas en caso de diarrea, a dos cucharadas soperas tres veces al día durante tres semanas para una cura detox. Se pueden llegar a tomar hasta 100 gramos en caso de intoxicación severa.

A nivel externo el carbón es, en nuestros días, el ingrediente de moda como blanqueante de dientes en dentífricos caseros, asociado a la arcilla blanca, el aceite de coco o el bicarbonato de soda. No obstante, el último grito son las máscaras “peel-off” contra poros negros, mezclando el carbón con aloe vera y un hidrolato, aunque cuidado con los tutoriales que inundan la red, donde se incluye en sus fórmulas la cola blanca (si, habéis leído bien), para conseguir la textura elástica que permite arrancar la máscara del rostro de una vez, sin agua. Desde luego, yo no aconsejo en ningún caso untarse la cara con pegamento, mejor intentar la receta con un gelificante natural como el agar-agar, si se quiere conseguir ese efecto.

En fin, un remedio más a tener a mano, aunque después de su uso tendremos que lavarla, la mano, si no queremos parecernos a Mary Poppins saliendo de la chimenea.

 

Fuentes:

 

 

 

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