Willow: víctima y verdugo

Finalmente llego a la última, aunque, como se suele decir, no por ello menos importante, flor del maravilloso set que nos legó Bach. Y de hecho, considero que Willow debiera ser uno de los primeros aprendizajes de la vida, ya que nos ahorraría muchas frustraciones y nos permitiría vivir la vida más alegremente a los que, como yo, caemos demasiado a  menudo en la autocompasión.

En mi camino a lo largo del sendero del crecimiento personal, el mensaje de que la realidad que vivimos nos la creamos, consciente o inconscientemente, nosotros mismos, es constante. La ley del Karma, el ho’oponopono, y muchas otras teorías y disciplinas lo afirman o directamente se basan en ello. Y, aunque todavía me cueste aceptar que el mundo injusto y violento en el que vivimos tenga que ver, de algún modo, conmigo misma, he llegado a asumir que al menos en mi vida cotidiana, mis acciones y actitudes tienen consecuencias, y que la realidad que vivo en el día a día es, al menos en gran parte, un producto de ellas.

Sin embargo, cuando el Universo me presenta situaciones como la del bar contiguo con la música a un volumen que disturba la paz de mi cabina de masaje, y que a pesar de haber hecho cambios en sistema de sonido de mi espacio (con la ayuda de Walnut) para bloquear su música con la mía el problema persiste, no puedo evitar pensar, con cierto grado de rencor, aquello de ¿qué he hecho yo para merecer esto?

Menos mal que ahí está la Salix vitellinapara seguir conduciéndome por ese sendero de evolución, recordándome que fui yo misma la que decidí crear mi negocio en un barrio lleno de bares y de gente dicharachera a la cual le gusta la música alta, y no en la cima de una montaña donde sólo se escuche el sonido del viento. Y que es este ambiente festivo del barrio lo que ha atraído a un perfil de habitantes que, además, están interesados y dispuestos a invertir en masajes y terapias, y que conforman, en gran parte, mi público.

Efectivamente, el Sauce me ha animado estos días aprovechar esta oportunidad para seguir mejorando mi espacio de trabajo, insonorizando el techo y cubriéndolo con telas que, además le den un ambiente más cálido y acogedor. Y dejar de lloriquear. Porque, por cierto, cuando uno está tumbado en la camilla, el techo no resulta muy atractivo, por lo que un toque más de decoración ya le viene bien.

Quizás algunos consideren este ejemplo cotidiano y banal, pero a mí me sirve para entender el mecanismo de victimismo del que todos pecamos en algún momento, darle un giro, y convertirlo en una experiencia útil y constructiva, por supuesto aplicable a todas las situaciones de la vida.

Pues realmente creo que la vida nos da la opción entre vivir como mártires y esclavos o bien como seres alegres y realizados, con los riesgos que ello conlleva. Lo único que debemos preguntarnos es si aceptamos el reto.


Próxima semana: Remedio de rescate

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